... Al fin se acercó a ella. Los ojos le brillaban. Apoyó las manos en los hombros y miró el rostro bañado en lágrimas. Lo miró con ojos secos, de piedra, ardientes, mientras sus labios temblaban convulsivamente... De pronto se arrodilló, bajó la cabeza hasta el suelo y le besó los pies. Sonia retrocedió, espantada, como si estuviera ante un loco. Y es que Raskolnikov en ese momento parecía un loco.
-¿Qué hace?-balbuceó.
Se había puesto pálida y sentía los latidos de su porpio corazón.
Él se puso en pie.
-No me arrodillo solamente ante ti, sino ante todo el dolor humano -dijo en un tono extraño, y fue hacia la ventana. Pronto volvió a su lado y dijo:
-Hace poco le dije a un insolente que él valía menos que tu dedo meñique, y que te había invitado a sentarte junto a mi madre y mi hermana.
-¿Eso dijo? -exclamó Sonia, aterrada-. ¿Delante de ellas? ¡Sentarme yo a su lado! Pero si yo soy... una mujer deshonesta. ¿Cómo dijo eso?
-Cuando dije eso no pensaba en tu deshonra ni en tus faltas, sino en tu sufrimiento. Sin duda -continuó con pasión -eres una gran pecadora, sobre todo por haberte sacrificado inútilmente. Ciertamente, eres muy desgraciada. ¡Vivir en el fango y saber (porque tu lo sabes bien: basta mirarte para darse cuenta) que no te sirve para nada, que no podrás salvar a nadie con tu sacrificio...! Y ahora dime -añadió -: ¿Cómo es posible que tanta ignominia, tanto pecado, se mexclen en ti con sentimientos tan opuestos, tan altos y sagrados? Sería mejor arrojarse al agua de cabeza y terminar con todo de una vez.

F. D.

Convicciones.

"Los invasores llamaron caníbales a los antiguos americanos, pero más caníbal era el Cerro Rico de Potosí, cuyas bocas comían carne de indios para alimentar el desarrollo capitalista de Europa."
E. Galeano.
Yo estoy más que muerto
esta noche soy algo más que un muerto muriendo lento

estoy nublado en tus ojos
se me hunde la voz por el hueco tuyo

y he perdido tus manos
y otras manos te tocan
y estoy lleno de muerte

pero soy algo más que un muerto
esta noche soy todo lo que amo que me está dejando.
...y esparcir tu polvo de estrellas por las paredes de mi alma, que se desvanecen, una a una, como sombras entregadas a la luz.
Y tal vez sea que así, áspera, entre tu hojarasca, tapada de ardores como si te acechase el invierno, siempre pálida, a punto de romper en llanto, estropeada sea como más te quiero. Ahora que veo tus trapos mojados en sangre, ahora que te veo más desnuda, ahora que llegaste desde muy lejos con la mugre del mundo posada sobre tus pechos antes de cristal, antes dulces, ahora amargos, ahora un poco más vieja deseo algo más que tus perfumes locos y deseo hundirme en las corrientes subterráneas de tu vientre y oler a tierra en todas partes. En este el primer día del año nuevo de los grises años, desarreglada viniste al mundo como alguien que, al fin, persigue algo. Aunque no persigas nada que no sea polvo. Ahora sí que voy a amarte de verdad.
ahí
en ningún lado
ahí me encuentro
en el punto muerto de la desesperación del ser.
...Y entonces tenías los ojos llenos de piedras, rojos como si te sangraran dentro, y húmedos como a punto de llover. Eran tus ojos dos duras piedras incandescentes, arrasados por un presagio que ya no cabía en su diminuta órbita asediada por el dolor. Parecían un lago donde se reflejaba una luna putrefacta y amarilla, descompuesta por la fiebre. Eran dos trapos desgarrados, pero llenos de luna. Tenías, al fin, luna en tus ojos. Y entonces ví las primeras gotas blancas y gordas caer de tus ojos empedrados y rojos y llenos de pequeñas lunas resquebrajadas, como quien mira el espectáculo de la lluvia desde la candidez y la indiferencia de la ventana de su casa.
Suele suceder que la noche, opaca y sin estrellas, que se posa sobre nuestros cuerpos como eterna y resignada a permanecer allí, maldita e imposible, no es otra cosa que la suma del recuerdo de otras vidas que ya hemos padecido, y la espera de las que todavía acechan. Otra tortuosa visión de la que no es posible escapar.
Sin ningún viento,
¡Hazme caso!
Gira Corazón;
Gira Corazón.

Federico G. L.
Ya no escribo cartas abiertas al futuro:
tal vez soy de los que ya no tienen bronca
ni uno de esos hermosos seres que descargan letras
y derraman vida -que les sobra-
a lo que todavía no está dedicido y por lo tanto abierto y conquistable.
Allí en la fogata de palabras
donde ardían sueños como fuegos serpenteando como gatos
te encontré
haciendo chispas en el fuego blanco
pronta a fugarte hacia la nada
con ese vestido y en esa danza
abierta y hermosa como la última estrella blanca de la noche
encendida y caliente como la última luna de los cielos.
soy todo cuerpo padeciendo.
Otra noche más que me pagan con sonrisas mi papel de payaso solitario. Otra noche que trabajo de títere por el mínimo salario de otra excusa que apague la muerte por un rato. Otro silencio largo que guardo como un secreto. Otra noche más que no le duelo a nadie.
Hegel escribió: "Ahí va el espíritu absoluto a caballo"
cuando desde su ventana avistó al Gran Napoleón
en guerra sediento de sangre vieja real
para atracar al mundo con la nueva sangre real
absoluta ella sola de sí misma ciega cerrada sobre sí
creando nuevos monstruos por donde cabalgara.

¿Que hubiera escrito Hegel
de haber visto al Che Guevara en la selva americana?
tal vez hubiera escrito:
"Ahí va la revolución con un fusil en la mano"
o tal vez "Ahí va el Romanticismo a morir por el ideal"
pero nunca
"ahí va el último suspiro del futuro
asmático y moribundo y sólo en medio de la nada
luchando contra todo"
porque Hegel no sabía que hay quienes pelean
contra la nada del espíritu
y la absoluta nada
de este mundo.

Desde mi ventana yo sueño con él
y escribo:
"Allá va todo el amor de un hombre
con el mundo a cuestas".
Hay muy pocas cosas por las que nos corre la sangre, y hay mucha sangre derradamada, mucha muerte roja danzante y perdida, y poca roja vida adentro de los hombres; hay muchas almas vagantes y mudas, y sólo a veces sentimos como nos vuelve el alma al cuerpo, pero en cuanto abrimos los ojos después del estremecimiento se nos fue otra vez, la perdimos quien sabe dónde. Tal vez por eso nos emborrachamos tanto, por eso tanta noche negra y tantas palabras balbuceadas y besos regalados. Tal vez por eso nos emborrachamos: buscándonos adentro, buscamos y buscamos con qué llenar lo que está vacío.
desnudo el tumor la bestia el nudo/tocado
pisado/desterrado del hueco profundo/
irritable señor que cae de boca al suelo/boca rota
de tanto enmudecer/sale

el tumor a metástasis/a pus hediento amarillo/
a muerte sobre suelo que vive/ahora viva
la verdad/tumor/hablante/desnudo
el velo que cubría el dolor/hablamos

muy fuerte/
gritando como gritaban los pasos de la bestia/
Hay cada boludo terrestre y cada boludo que quiere tocar las estrellas...
Como si de repente alguien le extendiera la mano
al sueño desplomado sobre el callejón
borracho ciruja y hediendo a licores
que despide el aliento de su derrota

como si alguien le hablase al sueño tumbado
con voz dulce de montañas y vientos
que son secretos y cantos impíos que huelen a cereza
como el perfume de los campos del inmenso mundo

como si esa voz y esa mano
viniesen a su recuerdo de sueño mendigo putrefacto
con la fina pluma de los poetas
y la delicada figura de una mujer de pechos frescos y blancos

como si el sueño muerto preguntase de repente
-¿porqué?
como si deviniera en niño en un cuarto de espejos
buscándose ya muerto un nuevo pie joven
de aventuras que nunca llegaron

-¿porqué? repite el mendigo entre la mugre

-¿A que saben esos pechos dorados de Dios
que danzan como las estrellas de mi delirio?
-¿Y cómo será oír esa voz dulce de mujer dulce?
¿como probar el azúcar, tal vez?

-¿Y a qué olerá la vida allá
donde los sueños brotan?
toda esta misera que emerge
como volcán de cuerpos cremados que se dejan
a su suerte de vómito convulsionado
a su suerte de inercia que canta
signos de desvíos al ritmo de los desamparos
a su despecho de mujer desencantada, ¡ay
cuanta desidia en estos versos depositados
en la derrota de cualquiera!

- ¡emerge toda esta miseria!
¡versos desde el nunca que me habita
desde el ahora que se mata
frente al posible que llora como los niños
ante el imposible que lo corrige!

¡ven niño al lago de tu reflejo
y grita todos tus imposibles!

¡ven niño verso de la miseria
y nada en este lodo!
un último anciano/preso
entre la vida y la muerte/

acostado en un minuto blanco de paredes/
vislumbrándose en el recuerdo que se le ha ido/
ingrávido y tembloroso/mirando
a las ratas con cariño/tironearlo en la tarde
de la vida a la muerte/péndulo de aquí
para allá/del deseo/asmático

en zona indefinida de abismos/a listo/
de cara al rostro de su desdibujez/tejiendo

los escombros/
de los sucuchos donde se esconderá de la nada/
busquemos vida algún lugar
a reparo del mundo sin brillo
que hoy
en el cosmos de la mente
se hizo estrella opaca
¿hacia donde más
podemos ir?
tal vez el oscuro diamante
está en mí
tal vez seamos fugitivos
de donde nadie escapa.

Gracias, una vez más, por salvarme la vida. La Renga.
Un pez es extraído del mar
y por su nimiedad animal
es exhibido en una pecera
como juguete baboso de los niños

el pez en la pecera mira, sólo mira
muy quieto hacia fuera de la pecera
a los niños correr
quisiera saltar morderlos ahogarse allí afuera
apenarlos arrancarles lágrimas
ahuyentarlos
asquearlos
y que corran con sus piernas a llorarle de horror a su padre.

y morirse respirando el aire y aleteando
desesperado

el pez quiere ser una estrella fugaz allí afuera
deshaciendose ante la mirada de los niños
su nimiedad animal

su deseo de exhibirse muerto a la vida
su revancha alevosa y más nimia
que sí mismo.

un pez de pecera, muy inteligente, eso soy
muerdo el anzuelo para salir de la pecera
para ser pescado
para que me coman crudo los Japoneses
y morirme en su estómago en el próximo terremoto
y enterrarme seco en las grietas de la tierra.
Porque tengo la altura de no querer crecer
- Diego Seoane.

Dormir. Dormir. Dormir. Cansancio de mi cuerpo desplomado sobre la vigilia. Últimamente es lo único que aprecio de la vida. Dormir. Últimamente sólo ocupo mi pensamiento cansado en una cascada de sueños que me ennegrecen los párpados me tumban la vigilia sobre la cama. Dormir. Y que se apague todo. Dormir. Como caer en el fondo bien negro del aljibe y asomar a nada el sueño por unas cuantas horas, las más claras que oscurezcan al día, que el Dios del Sueño posibilite. ¡Oh, Dios piadoso! ¡Celoso custodio de los cobardes que te hablan!. Dormirse, como apagarse todo, como filtrear con la muerte, de espaldas al día, traicionando la noche; dejándose penetrar por pesadillas huecas, abismos blancos, cándidos perfumes apaciguadores, lentos placeres de cuna sin carne. ¡Apagado el cuerpo! ¡Apagada la mente! ¡Encendida la muerte! ¡Llena de luces, de cara al Dios del Sueño!. Dormir. Como dentro a la muerte, en el fondo negro, sobre abismos blancos, suspendido en manos de un Dios Piadoso, en un sueño descarnado, traicionando al cuerpo, de espaldas a las horas; dormir, todo muerto, bien lejos bien en el fondo de la vida, traicionando al día, muy adentro del aljibe. Dormir, como pesadillas sin palabras de ningún Dios, pero en manos del Dios del Sueño que filtrea con la muerte mientras susurra tormentos de cuna sin palabras, como pesadillas huecas, como gritos blancos de bocas negadas, de espaldas a mi cuerpo, dormitando en mi mente. Dormir, como bien muerto en el fondo del aljibe y con el rostro negado, mudo de palabras, de cara al sueño muerto de mi cuerpo suspendido; todo, todo eso, todo dormido, todo eso bien negro bien en el fondo, todo el sueño de mi muerte dormida; todo, todo eso, todo el ruido de un cuerpo muriendo en el sueño de mí mismo; todo, pero nunca la vida que se despierta filtrándose como la luz por la ventana, como un rayo que descarga su existencia fugaz sobre la muerte del que muriendo se hace rayo y se hace nube y se desintegra; todo menos ver las bestias negras del rostro del día, la vigilia/bestia que pretende mis palabras y me come lento como el día como la muerte. Los desprecio, al rayo del día, a la luz de la vida con sus palabras hambrientas; desprecio lo que no sea mi muerte recostada detrás de mis ojos bien negros, detrás de los párpados abatidos, amando todo lo demás que acunado por el Dios del Sueño es negro como la muerte; desprecio la vigilia el olvido que soy para el día que me come muy muerto en el día de los vivos bajo el sol que se me niega; olvidado del sol perdido, ¡que se me niega! -¡dormir un sueño negro! - que me truena muertes que susurra con palabras que me expulsan al sueño al fondo del aljibe como si fuese un vómito bañado por el mismo sol y descompuesto.
Los fantasmas suelen atormentarnos, es cierto: rondan nuestras cabezas a diario, nos oscurecen, perturban noches enteras cuando nos susurran lágrimas que hubiéramos negado de ser posible. Toman, a veces, la forma de las moscas, zumbando siniestras palabras que guardan solamente en su secreto, que vienen a develar, oscuros y altivos, oportunamente hasta en los momentos mas inoportunos: cuando el amor, sin ir más lejos, parece asomarse como el mismo sol, recostándose de pleno sobre un perfumado jardín donde la propia alma prepara su lecho, aparecen ellos nublándolo todo, anunciando la tormenta y el final como si fuesen los premonitorios jinetes de lo peor; otras veces, sólo por divertimento, su porpósito se revela con la forma de una viuda que irrumpe en un casamiento, anunciando el triste futuro de los agasajados, haciendo estallar las copas, llorar a los niños y dándose por ineludible, omnipresente y asesina: la verdad vestida de negro. Pero los fantasmas sufren tanto como nosotros los sufrimos a ellos -¡vaya triste y nimio consuelo!-, en su inefable temor por los hombres: temen, irremediablemente, ser ignorados. Presentarse ante nosotros de tal forma tan ingrata, es una muestra más de su miedo por lo ordinario: el olvido, la vulgaridad y la intrascendencia son sus propios tormentos. Curioso, de modo, no es que tomen muchas veces una forma concreta, como ser, el atiborrado cuerpo de un ser humano; curiosa es esa misma insistencia.
Campo, campo, campo;
hectáreas y hectáreas de trigo y verde
se extienden en la llanura
limitan con el horizonte allá
la inmensidad de la calma bajo el pleno sol.

el paisaje más terrible del sueño
¿como puede el lobo
esconderse allí?

Ceniza, ceniza, ceniza;
mi lengua mi idioma mi cuerpo
cenizas
de ese campo, campo, campo
arrasado por el olvido.

muerdo campos de cenizas que me muerden
muerdo mi alma rabiosa y muda.