...Caminaba un tanto distraído rumbo a casa cruzando por una de las veredas internas del Parque Lezama, cuando de repente tropecé con una piedra y caí y rodé cuesta abajo sin freno hasta quedar tumbado de cara a la Avenida Martín García con la calle Brasil a mis espaldas, abollado como una lata psioteada y allí morí por unas cuantas horas, hasta que los vagos me revivieron a patadas mientras trataban de embocarme entre dos árboles y gritaban de júbilo y felicidad. Mi sangre está toda allí entera desparramada y todavía tibia. No te recomendaría que pases nunca más por ahí.
Despacio también podés ser la luna.
Sos mi amor de Buenos Aires. Sos mi amor de dos mil cinco, dos mil seis, dos mil siete, dos mil ocho, dos mil nueve; sos mi amor de todos estos años. Sos mi amor a la manera de estas calles, te abrís paso entre la gente de la forma en que aquellas sombras revolotean, te sacudís como el viento sacude aquellos árboles. Sos un poco lo que imaginabas y otro tanto serás de acuerdo a lo que sueñes, hoy, acá, entre mis brazos. Y eso es todo. Y no te alcanza.
Ahora que empiezo a hablarte y te beso la boca con la mía roja y húmeda, apuntalándote versos de mis labios en cada cisura de los tuyos que abiertos me esperan me oyen, empiezo a desdibujarme y perderme como el humo en una última pitada de tus besos que ahora manchan mi cuerpo y me dejan desnudo para lo que queda de sendero, siempre besado y tocado y hablado por ellos, donde otros labios me hablarán, otra vez, en su extraña lengua que oye y que besa.

Lluvia.

hoy llueve mucho, mucho,
y pareciera que están lavando el mundo
mi vecino de al lado mira la lluvia
y piensa escribir una carta de amor/
una carta a la mujer que vive con él
y le cocina y le lava la ropa y hace el amor con él
y se parece a su sombra/
mi vecino nunca le dice palabras de amor a la
mujer/entra a la casa por la ventana y no por la puerta/
por una puerta se entra a muchos sitios/
al trabajo, al cuartel, a la cárcel,
a todos los edificios del mundo/pero no al mundo/
ni a una mujer/ni al alma/
es decir/a ese cajón o nave o lluvia que llamamos así/
como hoy/que llueve mucho/
y me cuesta escribir la palabra amor/
porque el amor es una cosa y la palabra amor es otra cosa/
y sólo el alma sabe dónde las dos se encuentran/
y cuándo/y cómo/
pero el alma qué puede explicar/
por eso mi vecino tiene tormentas en la boca/
palabras que naufragan/
palabras que no saben que hay sol porque nacen y
mueren la misma noche en que amó/
y dejan cartas en el pensamiento que él nunca
escribirá/
como el silencio que hay entre dos rosas/
o como yo/que escribo palabras para volver
a mi vecino que mira la lluvia/
a la lluvia/
a mi corazón desterrado/

Juan Gelman
Confinado a perderte otra vez
abandonándome la fuerza
voy a sentarme a sangrar
toda la tarde.

a leer la espera con sus muchas páginas
que escriben los pasos que nos separan
deshaciéndote poco a poco
dibujándote por última vez bajo la lluvia nueva.

1977

Los llantos desesperados de su madre
los otoños en Castelar
los vecinos sin rostro
escondidos en sus patios
tapándose la boca para hablar
secretos que retumban (todavía retumban)
en las espesas paredes del mundo,

el puente Pueyrredón y la policía
las piedritas entre los rieles del tren
que ahora volaban como misiles
por esas nostágicas tardes
que ya no eran nostálgicas cuando
ya se había hecho verdaderamente tarde para extrañar,

se inscribían en el rostro del tío Manuel hacían de sus años
una enredadera de pasos perdidos
mientras huía campo arriba
y era el futuro un pastel de colores mezclados y oscurecidos.

estación Los Polvorines
las ancianas manos blancas de Borges en los márgenes
de las hojas de los libros más tristes que lo acompañarían
junto a los diarios llenos de crónicas sobre la sangre de Marianito
y de Juan y de su madre tal vez

y de la sangre que arrastraba el viento
ese viento
el único que acariciaba su cara se compadecida de él
resoplando en la ventanilla del tren en marcha hacia... ¿quién sabe?
("¿Alguien lo sabe?" preguntamos
algunos ingenuos todavía)
tal vez un tiempo que pasará en algún lugar
sentado a la puerta del domingo eterno
con sus ojos fijos en la nada o en la fantasía de volver

mientras los vecinos se esconden de las balas
y ahí lo ven a él
desde los cerrojos de las puertas
en esta tarde (todavía argentina todavía 1977)
escapando hecho domingo en el suburbio hecho paloma.
... Al fin se acercó a ella. Los ojos le brillaban. Apoyó las manos en los hombros y miró el rostro bañado en lágrimas. Lo miró con ojos secos, de piedra, ardientes, mientras sus labios temblaban convulsivamente... De pronto se arrodilló, bajó la cabeza hasta el suelo y le besó los pies. Sonia retrocedió, espantada, como si estuviera ante un loco. Y es que Raskolnikov en ese momento parecía un loco.
-¿Qué hace?-balbuceó.
Se había puesto pálida y sentía los latidos de su porpio corazón.
Él se puso en pie.
-No me arrodillo solamente ante ti, sino ante todo el dolor humano -dijo en un tono extraño, y fue hacia la ventana. Pronto volvió a su lado y dijo:
-Hace poco le dije a un insolente que él valía menos que tu dedo meñique, y que te había invitado a sentarte junto a mi madre y mi hermana.
-¿Eso dijo? -exclamó Sonia, aterrada-. ¿Delante de ellas? ¡Sentarme yo a su lado! Pero si yo soy... una mujer deshonesta. ¿Cómo dijo eso?
-Cuando dije eso no pensaba en tu deshonra ni en tus faltas, sino en tu sufrimiento. Sin duda -continuó con pasión -eres una gran pecadora, sobre todo por haberte sacrificado inútilmente. Ciertamente, eres muy desgraciada. ¡Vivir en el fango y saber (porque tu lo sabes bien: basta mirarte para darse cuenta) que no te sirve para nada, que no podrás salvar a nadie con tu sacrificio...! Y ahora dime -añadió -: ¿Cómo es posible que tanta ignominia, tanto pecado, se mexclen en ti con sentimientos tan opuestos, tan altos y sagrados? Sería mejor arrojarse al agua de cabeza y terminar con todo de una vez.

F. D.

Convicciones.

"Los invasores llamaron caníbales a los antiguos americanos, pero más caníbal era el Cerro Rico de Potosí, cuyas bocas comían carne de indios para alimentar el desarrollo capitalista de Europa."
E. Galeano.
Yo estoy más que muerto
esta noche soy algo más que un muerto muriendo lento

estoy nublado en tus ojos
se me hunde la voz por el hueco tuyo

y he perdido tus manos
y otras manos te tocan
y estoy lleno de muerte

pero soy algo más que un muerto
esta noche soy todo lo que amo que me está dejando.
...y esparcir tu polvo de estrellas por las paredes de mi alma, que se desvanecen, una a una, como sombras entregadas a la luz.
Y tal vez sea que así, áspera, entre tu hojarasca, tapada de ardores como si te acechase el invierno, siempre pálida, a punto de romper en llanto, estropeada sea como más te quiero. Ahora que veo tus trapos mojados en sangre, ahora que te veo más desnuda, ahora que llegaste desde muy lejos con la mugre del mundo posada sobre tus pechos antes de cristal, antes dulces, ahora amargos, ahora un poco más vieja deseo algo más que tus perfumes locos y deseo hundirme en las corrientes subterráneas de tu vientre y oler a tierra en todas partes. En este el primer día del año nuevo de los grises años, desarreglada viniste al mundo como alguien que, al fin, persigue algo. Aunque no persigas nada que no sea polvo. Ahora sí que voy a amarte de verdad.
ahí
en ningún lado
ahí me encuentro
en el punto muerto de la desesperación del ser.
...Y entonces tenías los ojos llenos de piedras, rojos como si te sangraran dentro, y húmedos como a punto de llover. Eran tus ojos dos duras piedras incandescentes, arrasados por un presagio que ya no cabía en su diminuta órbita asediada por el dolor. Parecían un lago donde se reflejaba una luna putrefacta y amarilla, descompuesta por la fiebre. Eran dos trapos desgarrados, pero llenos de luna. Tenías, al fin, luna en tus ojos. Y entonces ví las primeras gotas blancas y gordas caer de tus ojos empedrados y rojos y llenos de pequeñas lunas resquebrajadas, como quien mira el espectáculo de la lluvia desde la candidez y la indiferencia de la ventana de su casa.
Suele suceder que la noche, opaca y sin estrellas, que se posa sobre nuestros cuerpos como eterna y resignada a permanecer allí, maldita e imposible, no es otra cosa que la suma del recuerdo de otras vidas que ya hemos padecido, y la espera de las que todavía acechan. Otra tortuosa visión de la que no es posible escapar.
Sin ningún viento,
¡Hazme caso!
Gira Corazón;
Gira Corazón.

Federico G. L.
Ya no escribo cartas abiertas al futuro:
tal vez soy de los que ya no tienen bronca
ni uno de esos hermosos seres que descargan letras
y derraman vida -que les sobra-
a lo que todavía no está dedicido y por lo tanto abierto y conquistable.
Allí en la fogata de palabras
donde ardían sueños como fuegos serpenteando como gatos
te encontré
haciendo chispas en el fuego blanco
pronta a fugarte hacia la nada
con ese vestido y en esa danza
abierta y hermosa como la última estrella blanca de la noche
encendida y caliente como la última luna de los cielos.
soy todo cuerpo padeciendo.
Otra noche más que me pagan con sonrisas mi papel de payaso solitario. Otra noche que trabajo de títere por el mínimo salario de otra excusa que apague la muerte por un rato. Otro silencio largo que guardo como un secreto. Otra noche más que no le duelo a nadie.
Hegel escribió: "Ahí va el espíritu absoluto a caballo"
cuando desde su ventana avistó al Gran Napoleón
en guerra sediento de sangre vieja real
para atracar al mundo con la nueva sangre real
absoluta ella sola de sí misma ciega cerrada sobre sí
creando nuevos monstruos por donde cabalgara.

¿Que hubiera escrito Hegel
de haber visto al Che Guevara en la selva americana?
tal vez hubiera escrito:
"Ahí va la revolución con un fusil en la mano"
o tal vez "Ahí va el Romanticismo a morir por el ideal"
pero nunca
"ahí va el último suspiro del futuro
asmático y moribundo y sólo en medio de la nada
luchando contra todo"
porque Hegel no sabía que hay quienes pelean
contra la nada del espíritu
y la absoluta nada
de este mundo.

Desde mi ventana yo sueño con él
y escribo:
"Allá va todo el amor de un hombre
con el mundo a cuestas".
Hay muy pocas cosas por las que nos corre la sangre, y hay mucha sangre derradamada, mucha muerte roja danzante y perdida, y poca roja vida adentro de los hombres; hay muchas almas vagantes y mudas, y sólo a veces sentimos como nos vuelve el alma al cuerpo, pero en cuanto abrimos los ojos después del estremecimiento se nos fue otra vez, la perdimos quien sabe dónde. Tal vez por eso nos emborrachamos tanto, por eso tanta noche negra y tantas palabras balbuceadas y besos regalados. Tal vez por eso nos emborrachamos: buscándonos adentro, buscamos y buscamos con qué llenar lo que está vacío.
desnudo el tumor la bestia el nudo/tocado
pisado/desterrado del hueco profundo/
irritable señor que cae de boca al suelo/boca rota
de tanto enmudecer/sale

el tumor a metástasis/a pus hediento amarillo/
a muerte sobre suelo que vive/ahora viva
la verdad/tumor/hablante/desnudo
el velo que cubría el dolor/hablamos

muy fuerte/
gritando como gritaban los pasos de la bestia/
Hay cada boludo terrestre y cada boludo que quiere tocar las estrellas...
Como si de repente alguien le extendiera la mano
al sueño desplomado sobre el callejón
borracho ciruja y hediendo a licores
que despide el aliento de su derrota

como si alguien le hablase al sueño tumbado
con voz dulce de montañas y vientos
que son secretos y cantos impíos que huelen a cereza
como el perfume de los campos del inmenso mundo

como si esa voz y esa mano
viniesen a su recuerdo de sueño mendigo putrefacto
con la fina pluma de los poetas
y la delicada figura de una mujer de pechos frescos y blancos

como si el sueño muerto preguntase de repente
-¿porqué?
como si deviniera en niño en un cuarto de espejos
buscándose ya muerto un nuevo pie joven
de aventuras que nunca llegaron

-¿porqué? repite el mendigo entre la mugre

-¿A que saben esos pechos dorados de Dios
que danzan como las estrellas de mi delirio?
-¿Y cómo será oír esa voz dulce de mujer dulce?
¿como probar el azúcar, tal vez?

-¿Y a qué olerá la vida allá
donde los sueños brotan?