Salgamos a sangrar en la noche de calles negras
al ánima del dolor:
gota por gota
sueño tras sueño magro
hasta desplumarse los unos de los otros
desvaneciendo las pestañas
que coronaron alguna vez algún presagio
de que era posible mirarse
sin desmentirse.
Donde el grito en fiebre,
la mueca en sangre,
el olvido en sed,
la luna en ardor,

el alma mía en abolición.

Cada cual según su gravitación,
según su encargo.
Le hablé a un ojo torturado alguna noche
-temblaba- y calabera del sueño, el ojo
todo rojo, crispado, aunque petrificadamente oxidado
atiné a perseguirle
-¡que descaro!- y preguntarle vorazmente...
(alguna vez, sobre los montes
con el iris dorado de sol
aquél ojo fue mi amigo
aunque doliera también)

"¿Que intenso persigues
qué olor, dolor-amor y sobre qué alas?
(quisiera intesificarlo, quisiera montarlas)..."

"Tu sueño, ojo mío
¿alfombra voladora sobre qué ciudad
al ras de qué vientre, que se besa
en ardor
y se escabulle?
Mírame. Mírame. Mírame. Debáteme. Consciénteme.
Hazme...."

Y entonces su trubulencia quieta exasperó un gesto:
- Imposible verificarse entre las migas mías, el horror y el arrastre.
A esta altura no sabíamos ya quien era quién, de quién las palabras.

Su cara fría me dolía hasta vomitar su escarapela
haciendo de mi corazón un estómago fatigado.
- Ojo - le dije - me persigues ciego.
Se alejó del cuarto, del rincón, y dijo:
- ¡Hoy me siento muy limpio!
y sus ojos se dejaban espiar para ver
que desde su pecho brotaban sus frutos
y se le abrían frescos los árboles, el cielo y la fe.

Me arrastré.
"Y yo me siento tan, tan sucio", pensé.
Desde la cortina gris que cubría el día
parecía llover polvo, nubes con mi rostro
aire sin voz.

Por la ventana se veía todo el resto, nada
día que pesa tanto y un mueble, como rincón
pues todo sobra cuando mueble
hasta los versos, todo es polvo.

Vamonos de aquí.

Siento en lo negro una llamada
me habla, me toca, su encanto
- oigo sus campanas -
hace catársis en mí donde quisiera ver claros.

Bahías de la tristeza, mareas de sangre
la risa perdida, la voz tardía
¿Que más me tienes preparado?

...Un abismo, un pozo al costado
sarcófago de delirios y de pérdidas,
la negación.

Por suerte o por dibujo del amor
abro los ojos y así corro.

El bosque de cypreses grises.

El bosque de cypreses grises
hace tiempo me mantiene perdido en él
agitando sus copas desde hace siglos
con sus días eternos, vientos que pasan...

¿Qué velo siniestro me confesó una noche,
que hoy entierro la luna bajo mis pies?
¿qué bosquejo del infierno pintarajeé entre sueños?
¿quien sueña ahora por mí?...

A quien sea que seas:
¿por donde caminas, a quién sueñas,
cuál tu paraíso, cómo tu dulzura,
cuándo dentro tuyo vos y tu voz en ti?
Tengo un dolor con la tierra
ancestral, colérico, infernal
dolor de volcán;

Y en erupción, no tengo mas que llorar
venas y venas
que se van y se van
ni de vuelta a la tierra ni a ningún otro lugar.

Allá

Lejos se divisa el claro, alejándose
la primavera se destiñe en su regazo
moribunda aletea en su letargo de un otoño
que colmó sus versos, que secó su cauce.

Y yo la llevo a cuestas -cuánto cuesta-
como un epílogo, luna negra
de espaldas
camino su eclipse de rosa muerta.
Oh! la tarde se desnudó!
- augurio de tormenta -
y me enseñó su tercer ojo, bello durmiente
de bufonezca reunión de consejeros
de encierro total.

Doblan que se doblan las persianas
en el botón de los botones del pezón
del encierro total
de la chispa apunada de lo lento
perdida de su aguja de abismos
que no bebe su brebaje fatal.

Ay, apacible siesta de nariz lánguida
migraña de piernas
corazón nulo.

Y pensar que esta noche vestirás a tu ojo
que se despierta.
(....)
"Y por ti, mounstruo, arrastro de los pelos rostros
adorados, despierto muertos, desgarro estrellas
y los arrojo
a un absurdo fuego de palabras"

- De "Antipoema", Ulyses Petit de Murat, "Ultimo lugar", 1965.

Alguien llora

No quisiera herirte
pero tengo que dejarte
me acongoja el jardín de lo que pudo haber sido
y que tu pelo sea el techo de esta noche.

En los umbrales plurales de la devoción
se pierden platos de cientos de miles de mí negados
caminos y señuelos, balcones y recuerdos
hundidos en tu barco.

Alguien llora y quien escribe
hace las veces de su ángel
se desdobbla consciente se deforma
y heridas sus venas se mezcla su sangre.

Yo voy a escribirle al ángel
así reposo de vos en su sangre
y mientras él me escribe
yo te dejo sin herirte.

Artaud el ataud silvestre.

¿Adónde es que vamos si no es
a la búsqueda de los peldaños táctiles
de la invisible escalera
que nos rescata del pozo del vacío?

Manos negras que suicidan
los ojos y las venas.
Manos muertas que se mueren para vivir.

¿Cuantas veces es preciso creerse perido en él?, pues
¿Que más queremos hacer que las cosas que no existen?
¡Me niego a dormir en ascensores!

Se trata de que el amor se muere si no lo tratamos primero
con manos de pasto.

La sed perdida

¿Como hacer algo que ya no existe? como cantar...
en gris sólo se canta al mar, y el mar
cuando el mar...
es humbral de venas descarriladas
en una reboltosa mudez de mar
se apaga y otorga mar.

Río ya no hay
hay mar sólo
¿Como hacer algo que ya no existe más? como el color.
Alunado sea entre nubarrones
el cometa de la locura:
quizás licor de los sueños
quizás un tal vez infinito...

¿Como puede un terrible anhelo
que desde la sangría de cada noche
se le eleva al cielo con su puño apretado
volverse un cristal roto y faldero?

Ah! Aguerrida sombra que de mi no se despega!
quizás licor de los sueños
quizás un tal vez infinito.
A nada sabe ya este entierro:
su dejo amargo
se anuda ahora en mis entrañas
mientras la garganta se reseca de preguntas
y se llora una voz nublada.

A nada sabe ya esta espera
nada sabe
a quién.
sube mi azul
y se vierte la pendiente
al jardín negro.

arriba se crispan los ojos
y ciegas se derraman las tintas
al trompo que las asfalta.

sube mi azul
y al caer caen mis sueños
al vacío de sentido
a la muerte lenta.

Recreo en vos.

Tu vientre:


mareas de la brisa
tierra de cultivo
donde planea el sol

Valle de la luna
tierra de culto
oráculo de un pasado divino

Incubadora de mairposas
pecera de utopías
recelo de las sombras
catársis de mis fantasías

Lu-ciénaga de mar;

mi dibujo soñado
mi casita en el árbol de los sueños.
¿Como se sube la pendiente de las innecesidades?
¿Cómo sucumbir ante tanto mundo...
tanto mundo con sabor a tan poco
redondo y cuadrado
que se necesita tanto a sí mismo
que uno se necesita tan poco, sólo por necesitarse
tanto como para soñar otro tanto
soñándose en otro lado?

¿Cómo ahogarse tan arriba, allá en la estratósfera...
allá entre las nubes de tanto oxígeno y nitrógeno
pues no soy un humanógeno pero me sobra el frac
y el pantalón corto de vestir de mi humanólogo
si soy apenas un humano con ojos
y las nubes también lloran - incluso -
desde el cielo?

¿Cómo enloquecer aprendiendo del vuelo de las aves...
que hacen arte con el pico de las montañas
decorando el helado que Dios se servirá de postre
quizás tan dulce como mi angustia
que corre tan rápido como mi sangre en éstas palabras
- mi sangre no correspondida -
vino de las aves - sólo de las aves -
y de nadie más?

¿Cómo hace para espiar al sentido apenas...
mirando hacia abajo, viendo el inmutable vacío
abajo y abajo, sin helicópteros, sin ventiladores
espeso
crujiente, que como el suelo me verá caer
mientras me espera, sediento como espera las lluvias
sabiendo que esta vez voy a caer
y seré el rocío del alba
después de esta noche?
Buscando en las grietas que quedan
un poco de aire,
en esos espacios recónditos de la memoria
donde yacen en penitencia las historias
que alguna vez hemos podido respirar,

volvemos
rogando por los rincones
asfixiados de necesidad
urgidos de una boca
un puente, una sirena
un escape, una palabra
un alma tendida, estirada
cuyo manantial de naturaleza
elongue su pecho
y nada más.
Sucumben
- de los perros-
los reyes y la noche.

Socaban
- de las caricias-
el sinsentido y el llanto.

Emergen
- de la tristeza-
todos ellos, y el ahogo.

Como embrujo de Andrómeda.

Porque la soledad deriva en desesperación.
Y la desesperación existe porque existe el basta, aunque no haya basta que baste
para terminar con ella.
Y del basta devino el riesgo - como explosión y ladera -. Creciente el riesgo, más soledad.
Y a más soledad más desesperanza. Y de ellas las matemáticas,
y como ellas este cálculo, y de ellas la cordura - inestable- y la locura - tensa-.

Así como de las arcadas sigue el vómito, y el vómito genera a su vez otras nuevas arcadas que producen más vómito, así se siente. No todo el que busca encuentra.
Ése es el mapa circular del corazón. Un creciente círculo vicioso
que nos pierde dentro, un espiral - mapa del Universo -,
un pozo - donde se hunde la razón -.
Laberinto de infinitas paredes donde crepitan los locos y donde crepitan las cadenas
y donde, al final - como embrujo de andrómeda -
aparecieron tus ojos, trampolines del averno y también espirales.

La constelación, el ánima;
lo que sangramos en las noches de calles negras
y a quien bebimos de a sorbos el vino juntos
- la que me llevó a vos, la que te trajo a mí - Y así.

Velador.

Crujen la soledad mía y el tiempo,
crujen con la sorna del epílogo que sentenció tu pelo,
al tuteo entre el velo y las sombras,
a su lúgubre entendimiento.

Crujen como las hojas en otoño y los ojos en invierno,
como esa herida que tanto espero y que ya me sangra
aunque le tenga miedo
y como las migas de nosotros que son mis sueños.

Y lo que sueño es lo que me queda de resto.
Y lo que sueño es quizás la soledad.

Y lo que más cruje de todo, lo que hace crujir a mi alma
es que vos lo sepas, y no te estires.
y yo que velo por saber dónde estás.

Nosotros los que vuelan.

Cebadas mariposas,
los vampiros del día.
Sus colmillos colmando las colmenas
como alas desheredadas
e incestuosas medianeras.

Acalorados veranos,
los inviernos más crudos,
las migraciones constantes.

Caminar a pie descalzo
sobre los rieles de brazas
la llama que endurece
a cada paso
a cada mirada.

La paz, aquella llegada
aquella utopía
aquella ironía.
Crecieron los tentáculos del abismo
a coágulos monstruosos de la tarde
aprisionándome en un llanto seco
detrás de una inmensa pared.

la pared del dolor
infinita, sus escombros
espirales.
Necesito cagarme
necesito cegarme
necesito borrarme.

Pero para ello necesitaria fumarme
necesitaría tomarme
necesitaría tragarme.

De modo que tendría que digerirme
lo que implicaría entenderme
al precio de desintegrarme.

Mis días son un barquito de papel
hundido en las revoltosas mareas
del ácido digestivo de mis neuronas
y en una curiosa diarrea constante.