esa brisa que cocina lento al corazón en las brazas del olvido;
ese dolor de ventilador e insomnio;
ese calor calcinante de las espaldas inscriptas en las pupilas,
como presagios y como ruinas,
hogueras para el amor sofocado,
que se siente la nada en el carnaval,
la máscara en las risas,
y la muerte cada vez que insiste.
las tormentas intermedias, pero cielo allá
- hubiera al menos intentado -
y tierra aquí permanezco hundido en el eco.
Ardió mi hoguera cuando tembló mi frente,
- las palabras me hablan entreabiertas, soy un perdido más -
y cuando bajé la mirada, el fuego
transformó en cenizas el desahogo.
Me hubiera convertido en desierto, pero
agarré mi mochila y cargué con esto:
hasta la próxima vez
que llueve, nieve o truene
las letras de tu nombre sobre mi corazón éste.
Rayos del sol a la hora del sol,
ella estaba en cualquier, en cualquier estación
esperando una fatalidad, o un llamado del cielo.
Siente un mareo de baja presión,
Por lo menos le queda ese poco de humor,
¿Para qué? si uno pasa buscando y perdiendo certezas.
Solo cuando se va, solo cuando no está en esto, amor
le hace bien meterse en su laberinto, carrousel
le hace bien...
Nada está aquí ni mejor ni peor,
solamente sus ojos cambian de color,
a una hora del día se tiñen de un ámbar violeta.
Nadie lo sabe ni nadie la vio,
Ahora tiene un gran cuervo bajo el corazón,
Y se escapa de todos los hombres que quieren tenerla,
Solo cuando se va, solo cuando no está en esto, amor.
le hace bien, meterse en su laberinto carrousel,
le hace bien...
(Páez, Fito, "Ambar Violeta")
volver a sentir la escarcha dulce en los pies fríos
que no descansan, que no huyen
volviendo sin seguir la sombra de ningún sendero
ni la línea de espuma dormida de tiempos congelados
al rojo fuego de la sangre hervida
que erupciona, que no calla, que denuncia.
Necesito volver a mirar la jaula amarillenta y lejana
ya no desde este turbio rincón con sus grises barrotes
su infierno diminuto e impune
volando hacia el azul de la tarde
pincelado intenso, dolor profundo
pero fértil remedio para estar vivo
volver a las esquinas violetas del vino y las verdades oscurantistas.
volver a tener color en los ojos, color en la sangre
colores en las manos y en ambas sienes
percibir el arcoiris del viento que llega de frente
resistir con los jardines colgantes de tu cuerpo
y el colorido perfume de tu sabia desnudez
y la sinceridad de unos ojos que lloran verdades
en todos los colores posibles.
nuestro límite de vidrio por sobre los árboles
mojados del viento que ensalsa las ciudades.
Adentro a veces llueven cenizas de mármol
y las miradas empañan el vidrio
los cuerpos de cera, los muebles:
van a estallar.
Al abrirse el oro se perderá, aún
adentro las bestias saquean
asquean
devoran sueños y tormentos
tu vestido de flores, tus pañuelos,
tus pechos tu cuello tu pelo
todo el oro, las bestias
y estas letras
inscriptas en el reverso
estallan.
abatido como el sol sin uno de sus brazos,
casi más que una costa sin playas, estéril,
así como el vacío se siente cuando no es habitado por los hombres,
ni por su poesía.
que el miedo son sus ordinarias polillas
que son sus tumbas frágiles, soplables
su miseria rendida
ante la simple caricia de un viento dulce.
Pero entender que el lobo es el hombre
es la irresistible paradoja del miedo:
miel negra para entender como para padecer
al lobo, al hombre, al viento, a la tumba...
a los ásperos ojos negados de una primavera
que se deja ser presa de su flores negras
y de los espejos rotos del invierno.
Una máscara para dos caras
- la música de la tromenta,
ese trueno negro endulzado de viento,
se oye en el cielo turbulento -
ademanes de mis manos bordean el adiós,
están podridas pero lloran tiernas,
tal vez acarician tu pelo,
se lo llevan al vuelo hacia algún lugar más seguro.
los jinetes sobrevuelan nuestras cabezas,
al acecho - tienen el rostro negado -
quizás nos hablen de mañana,
quizás vengan a coronar esta angustia.
la máscara de la muerte son estas palabras,
y mientras te amacás en el fondo negro,
ellas te reclaman, ellas te pertenecen.
se comió al invierno
- vino desde muy lejos,
desde allí donde la ciudad tiene veredas verdes
para las almas azules -
trajo esa sentencia de bronce
y la amnesia danza y sus polleras se vuelan
y das el paso - veredas verdes -
me soplas la nuca del tiempo.
Me sostengo del invierno que es quizás
- pero veredas verdes para las almas azules -
lo único que nos queda.
Te digo qué
que de tanto llevarme, me traiga
un recuerdo húmedo de la sal, los vientos, y vuelva
enredado en algas, una vez más
lamiéndote la suela del perdón
y a costa de morirme entre mis reyes
por el salpicón de luna que sos vos
para mi océanica vejez.
Es que vivo entre mareas y el mar me traga.
Arte poética.
discrepar al corazón,
sacudir la sangre,
encontrar el diamante de todo llanto.
-temblaba- y calabera del sueño, el ojo
todo rojo, crispado, aunque petrificadamente oxidado
atiné a perseguirle
-¡que descaro!- y preguntarle vorazmente...
(alguna vez, sobre los montes
con el iris dorado de sol
aquél ojo fue mi amigo
aunque doliera también)
"¿Que intenso persigues
qué olor, dolor-amor y sobre qué alas?
(quisiera intesificarlo, quisiera montarlas)..."
"Tu sueño, ojo mío
¿alfombra voladora sobre qué ciudad
al ras de qué vientre, que se besa
en ardor
y se escabulle?
Mírame. Mírame. Mírame. Debáteme. Consciénteme.
Hazme...."
Y entonces su trubulencia quieta exasperó un gesto:
- Imposible verificarse entre las migas mías, el horror y el arrastre.
A esta altura no sabíamos ya quien era quién, de quién las palabras.
Su cara fría me dolía hasta vomitar su escarapela
haciendo de mi corazón un estómago fatigado.
- Ojo - le dije - me persigues ciego.
- ¡Hoy me siento muy limpio!
y sus ojos se dejaban espiar para ver
que desde su pecho brotaban sus frutos
y se le abrían frescos los árboles, el cielo y la fe.
Me arrastré.
"Y yo me siento tan, tan sucio", pensé.
Desde la cortina gris que cubría el día
parecía llover polvo, nubes con mi rostro
aire sin voz.
Por la ventana se veía todo el resto, nada
día que pesa tanto y un mueble, como rincón
pues todo sobra cuando mueble
hasta los versos, todo es polvo.
Vamonos de aquí.
me habla, me toca, su encanto
- oigo sus campanas -
hace catársis en mí donde quisiera ver claros.
Bahías de la tristeza, mareas de sangre
la risa perdida, la voz tardía
¿Que más me tienes preparado?
...Un abismo, un pozo al costado
sarcófago de delirios y de pérdidas,
la negación.
Por suerte o por dibujo del amor
abro los ojos y así corro.
El bosque de cypreses grises.
hace tiempo me mantiene perdido en él
agitando sus copas desde hace siglos
con sus días eternos, vientos que pasan...
¿Qué velo siniestro me confesó una noche,
que hoy entierro la luna bajo mis pies?
¿qué bosquejo del infierno pintarajeé entre sueños?
¿quien sueña ahora por mí?...
A quien sea que seas:
¿por donde caminas, a quién sueñas,
cuál tu paraíso, cómo tu dulzura,
cuándo dentro tuyo vos y tu voz en ti?
Allá
la primavera se destiñe en su regazo
moribunda aletea en su letargo de un otoño
que colmó sus versos, que secó su cauce.
Y yo la llevo a cuestas -cuánto cuesta-
como un epílogo, luna negra
de espaldas
camino su eclipse de rosa muerta.
- augurio de tormenta -
y me enseñó su tercer ojo, bello durmiente
de bufonezca reunión de consejeros
de encierro total.
Doblan que se doblan las persianas
en el botón de los botones del pezón
del encierro total
de la chispa apunada de lo lento
perdida de su aguja de abismos
que no bebe su brebaje fatal.
Ay, apacible siesta de nariz lánguida
migraña de piernas
corazón nulo.
Y pensar que esta noche vestirás a tu ojo
que se despierta.