ser/estar
del desencanto
transpiran la noche de las calles los desesperados
con asma de dios y aliento envenenado
abrazando entre delirios la lluvia de invierno
porque no hay mujeres ni estrellas
no hay madres ni enfermeras ni salidas
que amontonen derramen palabras y ciencia
que abracen su corazón liciado por el mundo curado
por quien sabe que secreto maldito
que la vida todavía esconde
tras la muerte y allí van
allí vamos
tras un bar una salida un abrazo una mujer una madre
una estrella siquiera
que la vida todavía esconde tras la muerte
y morir y vomitar y ser la noche
allí seguimos.
y entonces
ya no guardo secretos con el mundo
brotan helados abriles a mi paso
pasan nubes, llego tarde, vivo lejos
se apagan los perfumes y se cierran
jardines
atrás
quedan
los perfumes secretos de jardines secretos
que ahora son
máscara
se hace entraña la abstinencia de la verdad
y atrás
quedan
perfumes
jardines
esperanzas.
Habeas
palabras que enaltece solemne el desamor
que maldigo
incrédulo de la venganza
pero que amo a pesar de mí
para tu vientre algún día
para tus ojos, para mañana
saberme congregado a tus amparos de luna y de cristal.
en tu pelo
suspendido
el amor te bajaba por los pechos
acariciándote el viento
sin castigar
mimando de a sorbos tu regalo
perfumando
y la pregunta
que doblaba tu espalda
y que bajaba como príncipe a caballo
alzando su oro por tus piernas
era
donde estás
es cierto que
fugaste los perfumes por debajo
las claras y las hermosuras
que me amanecían las palabras
para entrar en tu noche
doblegando tu piel y triunfando
abirendo el mundo
ese
que ya no entiendo
que se escapa
que enmudece.
cuento una, dos, diez, cien estrellas;
un príncipe de cuento me eriza el oído:
"veo estrellas de mar negras y grandes,
tienen los ojos enormes"
Miro otra vez el cielo, entrellado:
¿huella negra que serpentea, bifurca y desintegra
entre el sueño latente de maravillas encendidas
traicionadas
o pequeños lunares de esperanza
nadando en el pozo eterno?
El ahullido de una cien corre en espanto por el pasto verde de la noche.
vaya si el mar lloró junto a tus pies
revolcándose
avergonzado por el cielo en su negro mareo
mientras hundías tus ojos dulces en mi carta amarga
de boca amarga
que salpicó de invierno el verano y ay,
que sopló tan fuerte como el último aliento de un beso
y que brotó, helada, de mi verano aturdido también.
bajo la lupa del aguacero, el pulso no te temblaba,
tenías fuego en las cejas y fruncida la mirada.
Una imputación personal que esconde la ternura,
no esconde nada, lloré, y entonces
no hubo forma de salvarme de las cartas que tallaste
sobre el rumbo de mi pulso y allá voy, envenenado
detrás de un trueno con la sed de que estalle el coágulo
antes de esta noche oírte hablar.
Decíamos resistir y llorábamos fuego
- ¡digamos, y hagamos fuego!-
desgarremos el cielo,
antes que se desplome sobre nuestras flores.
Porque digamoslo gritando, tuvimos que pagar un precio:
tuve que aprender a morirme silenciosamente,
a morir sin que nadie lo note,
y tuviste que agazaparte detrás de mí, y tal vez te arrepentiste
y el miedo se fue y se llevó lo que decíamos más fuerte.
esa brisa que cocina lento al corazón en las brazas del olvido;
ese dolor de ventilador e insomnio;
ese calor calcinante de las espaldas inscriptas en las pupilas,
como presagios y como ruinas,
hogueras para el amor sofocado,
que se siente la nada en el carnaval,
la máscara en las risas,
y la muerte cada vez que insiste.
las tormentas intermedias, pero cielo allá
- hubiera al menos intentado -
y tierra aquí permanezco hundido en el eco.
Ardió mi hoguera cuando tembló mi frente,
- las palabras me hablan entreabiertas, soy un perdido más -
y cuando bajé la mirada, el fuego
transformó en cenizas el desahogo.
Me hubiera convertido en desierto, pero
agarré mi mochila y cargué con esto:
hasta la próxima vez
que llueve, nieve o truene
las letras de tu nombre sobre mi corazón éste.
Rayos del sol a la hora del sol,
ella estaba en cualquier, en cualquier estación
esperando una fatalidad, o un llamado del cielo.
Siente un mareo de baja presión,
Por lo menos le queda ese poco de humor,
¿Para qué? si uno pasa buscando y perdiendo certezas.
Solo cuando se va, solo cuando no está en esto, amor
le hace bien meterse en su laberinto, carrousel
le hace bien...
Nada está aquí ni mejor ni peor,
solamente sus ojos cambian de color,
a una hora del día se tiñen de un ámbar violeta.
Nadie lo sabe ni nadie la vio,
Ahora tiene un gran cuervo bajo el corazón,
Y se escapa de todos los hombres que quieren tenerla,
Solo cuando se va, solo cuando no está en esto, amor.
le hace bien, meterse en su laberinto carrousel,
le hace bien...
(Páez, Fito, "Ambar Violeta")
volver a sentir la escarcha dulce en los pies fríos
que no descansan, que no huyen
volviendo sin seguir la sombra de ningún sendero
ni la línea de espuma dormida de tiempos congelados
al rojo fuego de la sangre hervida
que erupciona, que no calla, que denuncia.
Necesito volver a mirar la jaula amarillenta y lejana
ya no desde este turbio rincón con sus grises barrotes
su infierno diminuto e impune
volando hacia el azul de la tarde
pincelado intenso, dolor profundo
pero fértil remedio para estar vivo
volver a las esquinas violetas del vino y las verdades oscurantistas.
volver a tener color en los ojos, color en la sangre
colores en las manos y en ambas sienes
percibir el arcoiris del viento que llega de frente
resistir con los jardines colgantes de tu cuerpo
y el colorido perfume de tu sabia desnudez
y la sinceridad de unos ojos que lloran verdades
en todos los colores posibles.
nuestro límite de vidrio por sobre los árboles
mojados del viento que ensalsa las ciudades.
Adentro a veces llueven cenizas de mármol
y las miradas empañan el vidrio
los cuerpos de cera, los muebles:
van a estallar.
Al abrirse el oro se perderá, aún
adentro las bestias saquean
asquean
devoran sueños y tormentos
tu vestido de flores, tus pañuelos,
tus pechos tu cuello tu pelo
todo el oro, las bestias
y estas letras
inscriptas en el reverso
estallan.
abatido como el sol sin uno de sus brazos,
casi más que una costa sin playas, estéril,
así como el vacío se siente cuando no es habitado por los hombres,
ni por su poesía.
que el miedo son sus ordinarias polillas
que son sus tumbas frágiles, soplables
su miseria rendida
ante la simple caricia de un viento dulce.
Pero entender que el lobo es el hombre
es la irresistible paradoja del miedo:
miel negra para entender como para padecer
al lobo, al hombre, al viento, a la tumba...
a los ásperos ojos negados de una primavera
que se deja ser presa de su flores negras
y de los espejos rotos del invierno.
Una máscara para dos caras
- la música de la tromenta,
ese trueno negro endulzado de viento,
se oye en el cielo turbulento -
ademanes de mis manos bordean el adiós,
están podridas pero lloran tiernas,
tal vez acarician tu pelo,
se lo llevan al vuelo hacia algún lugar más seguro.
los jinetes sobrevuelan nuestras cabezas,
al acecho - tienen el rostro negado -
quizás nos hablen de mañana,
quizás vengan a coronar esta angustia.
la máscara de la muerte son estas palabras,
y mientras te amacás en el fondo negro,
ellas te reclaman, ellas te pertenecen.
se comió al invierno
- vino desde muy lejos,
desde allí donde la ciudad tiene veredas verdes
para las almas azules -
trajo esa sentencia de bronce
y la amnesia danza y sus polleras se vuelan
y das el paso - veredas verdes -
me soplas la nuca del tiempo.
Me sostengo del invierno que es quizás
- pero veredas verdes para las almas azules -
lo único que nos queda.
Te digo qué
que de tanto llevarme, me traiga
un recuerdo húmedo de la sal, los vientos, y vuelva
enredado en algas, una vez más
lamiéndote la suela del perdón
y a costa de morirme entre mis reyes
por el salpicón de luna que sos vos
para mi océanica vejez.
Es que vivo entre mareas y el mar me traga.
Arte poética.
discrepar al corazón,
sacudir la sangre,
encontrar el diamante de todo llanto.